¿Cómo comenzó su amor por la poesía?

Creo que mi amor por la poesía comenzó cuando ni siquiera conocía la palabra poesía. Y esto lo sé retrospectivamente, porque recuerdo mi deleite con algunos vocablos que me sugerían imágenes muy alejadas de su significado en la realidad; la palabra celos me remitía inmediatamente —todavía me pregunto por qué— a una vitrina con copas de cristal fino, y el nombre de Florinda, una vecina, me hacía ver una bola de cristal, de las usadas por los niños para jugar, con una hoja verde en su interior. Y también recuerdo mi reacción al escuchar otras palabras que no consideraba agradables, y me ocasionaban un malestar inexplicable. Esa sensibilidad ante las palabras, que perdura en mí con igual fuerza, entiendo que es el sentido poético. Debo haber nacido con él, porque ni siquiera sabía leer y ya experimentaba esto que he comentado.

La infancia es el arca de oro de la imaginación poética. ¿Qué peculiaridades tuvo esta etapa de su vida?

Tuve una infancia algo triste, no solo porque provengo de una familia humilde, de las más humildes en el humilde barrio donde nací, sino porque mi temperamento melancólico acentuaba lo triste que pudiera tener la realidad. También porque era la menor de la familia, algo que puede parecer una ventaja y no lo es, porque genera una cierta sobreprotección, unida a una exigencia casi invisible, pero real, motivada tal vez porque los padres —y no los estoy juzgando— intentan corregir errores en su manera de educar. Cuando en primer grado, casi a los siete años, aprendí a leer, encontré el refugio ideal en los libros. Tuve juguetes siempre, algunos muy lindos, pero nunca más acepté jugar con mis primas, que insistían y no lograban convencerme. Mi único entretenimiento eran los libros. Leer, sumergirme en historias que me trasladaban a otros sitios, con el sabroso ingrediente de que estaban contadas con bellas palabras, me llenó de luces la vida. También contribuyó a esto mi entorno, lleno de historias folklóricas, familiares, de aparecidos, de supersticiones populares. Y el ambiente casi rural, porque vivía a escasas cuadras de un río de pequeño cauce, que durante la época de lluvias crecía un poco, y al que mi madre me llevaba a contemplar a las doce de la noche, cuando todos dormían. Todavía puedo sentir el contacto de su mano, a la que me agarraba con temor que a la vez era deleite de sentirme protegida, puedo escuchar el concierto de miles de ranas a las que ella llamaba cucarros, nombre que a nadie más he escuchado para nombrar un batracio. Y la sensación hermosa, entre fascinación y miedo, al ver el río desbordado de su cauce.

En la escuela sentí soledad dentro del grupo. Debo haber parecido rara a mis coetáneos, porque no se me acercaban mucho y a veces era objeto de burlas, o quizás era yo quien me alejaba y esa era la represalia. No así las maestras, sobre todo en los primeros grados, a quienes encantaba mi afición por los libros y mi facilidad para aprender. Lo cierto es que leer y mirar hacia mi interior es lo que más recuerdo de la escuela primaria. Algo esencial para una futura escritora.

La familia, los libros, la introspección y el contacto con la naturaleza nutrieron y nutren todavía mi imaginación.

Escribe para niños y jóvenes. ¿Qué importancia tiene educar la imaginación a estas edades?

La infancia es la etapa donde se siembra lo que se cosechará a lo largo de la existencia. Cuanto más abundante y mejor sea lo sembrado, más y mejor se cosechará. Educar no solo la imaginación, pero sí dando a esta la gran importancia y utilidad, incluso utilidad práctica, que ella reviste, es el fin que persigue y ha perseguido siempre la literatura para niños y jóvenes. Por supuesto, matizada por épocas y maneras de pensar. Creo que dejar que los niños sueñen, creen mundos a su medida, adornen la realidad, o sea, cultiven la imaginación, es deber de la familia y tarea esencial de quien escribe para estas edades. No importa desde cuál perspectiva, o cuál sea el tema escogido, hay que escribir intentando llegar a la sensibilidad de ese lector en formación para despertar en él asociaciones que le lleven a imaginar otras realidades posibles. En fin, contribuir a forjar y enriquecer su imaginación. Sin imaginación, la humanidad estaría aún en la Edad de Piedra.

Háblenos de la importancia de la lectura, y sobre todo de la lectura de poesía.

La lectura es la piedra angular de una formación humanista. No hay programa de estudios que pueda abarcar todo lo que puede aprenderse, y quien no lee, nunca será alguien realmente culto aunque pueda exhibir tres títulos universitarios. He conocido personas con altos niveles de instrucción en determinadas materias, que desafortunadamente expresan su poca afición a los libros, salvo los que han precisado para su formación académica. Incluso supe de un estudio realizado en un centro con mayoría de trabajadores profesionales, donde se comprobó el escaso o nulo hábito de lectura de un alto número de ellos, y por consiguiente, su pobre formación humanista. Estos estudios no se realizan con frecuencia, y hasta donde sé, este no se publicó. Sería interesante comprobar cuánto influye la falta de lecturas en comportamientos sociales y maneras de ejercer profesiones.

La lectura de poesía es tema aparte. La poesía exige un lector especial, con una sensibilidad educada desde tempranas edades, y no solo mostrando la poesía como hecho artístico, no solo la del verso escrito o leído, sino la poesía como una manera de relacionarnos con el mundo. Enseñar a apreciar lo sublime, a admirar lo realmente valioso desde el punto de vista humano o natural, desde la hormiga hasta el héroe, es el mejor modo, pienso, de conseguir que haya más lectores de poesía. La poesía es consustancial al ser humano, pero despertar ese gigante dormido es tarea de educadores, ya sea en la familia o la escuela, de educadores de sensibilidad. Lograrlo redundaría en una sociedad mejor, con ciudadanos menos violentos o egoístas, capaces de discernir lo importante de lo superfluo.

¿Quiénes fueron sus principales modelos de creación?

Mis primeras lecturas de poesía, ya con intencionalidad y verdadero interés por un género determinado, fueron en la adolescencia. Ya conocía a Martí, desde la escuela primaria, muy someramente, pero mi verdadero encuentro con la poesía, que impactó con fuerza mi sensibilidad fue a través de la música. En los años ’70 el cantautor catalán Joan Manuel Serrat musicó poemas de dos grandes poetas de la lengua española: Miguel Hernández y Antonio Machado. Escucharlo constituyó para mí un descubrimiento pleno de ternura y dolor, de amor y belleza, de auténtica poesía, que aún está presente de algún modo en cuanto escribo, como lo está Martí, al que después leí y leo profusamente, porque es siempre nuevo, inspirador, y también Lorca, Gabriela Mistral, Dulce María Loynaz y otros muchos, todos clásicos de nuestro idioma. Tratar de llegar a esa altura de la creación, a la cual no he llegado ni llegaré nunca, es lo que me ha hecho ascender «un paso en la sombra» en busca de esa luz imantada que solo nos puede brindar la poesía.

La naturaleza ocupa un lugar significativo en su expresión poética, ya sea como asunto o como lenguaje asociativo. ¿Por qué?

Nací y crecí cerca de la naturaleza. El río, los árboles, las plantas medicinales, las flores, los pájaros, las plantas silvestres que crecían en las cercas, el mar particularmente azul y hermoso de Puerto Padre: todo esto forma parte de mis primeros recuerdos. Forman parte de mi identidad como ser humano. Es por eso que prefiero un árbol en el borde de la carretera, antes que al edificio que acaban de construir. Aunque comprenda la utilidad del edificio, este no se conecta a mi alma como lo hace el árbol, que me reconcilia con la vida, como siempre digo. Eso me ocurre con el olor del mar, con una semilla cuando brota, ante un rosal o un romerillo florecidos. Lo vegetal es mi reino. Y el trino de las aves para completar el encanto de ese reino.

¿Qué aspectos no deben faltar en una legítima formación humana? ¿Qué papel juega la poesía en esa formación?

La formación humana es la más compleja de las tareas a que nos enfrentamos. La formación de otros, y la nuestra, mucho más difícil, porque en este caso somos maestro y discípulo a la vez. En ella no debe faltar algo que es uno de los diez mandamientos: amar al prójimo como a uno mismo. Partiendo de ahí, es primordial tratar de conocer y comprender todo lo posible. Como no podemos hacerlo de primera mano, es decir, no podemos ir a cada sitio, explorar, investigar y hacer descubrimientos trascendentales, hay que acudir a lo que ya hemos mencionado: la lectura. En los libros está condensada la sabiduría acumulada a través de los siglos, la imaginación de millones de seres excepcionales, la historia de la humanidad. Esto en el terreno del conocimiento. 

En los libros de poesía están la solidaridad más profunda, la comunicación más inmediata, los sueños que soñamos todos por igual, sin importar si nacimos en isla o continente, en arena o nieve. El ser humano es el mismo en todas partes, ya se ha dicho. Y el ser humano, cuando está en la poesía, ya sea como autor o lector, está en su momento más humano. Nada más formador que la poesía.

Puerto Padre, su pueblo natal, ha tenido una rica vida cultural. Descríbanos su participación, y algunos detalles de su experiencia como museóloga.

Puerto Padre es una ciudad con una gran tradición cultural, sobre todo en la música y la literatura, pero también en la investigación histórica, lexicológica, arqueológica. 

Sus habitantes siempre supieron cultivar y apreciar el arte, incluidos el arte de la hospitalidad y las buenas maneras, y el de los necesarios pequeños detalles, imprescindibles para lograr grandes empeños. Cuando intento formar parte del movimiento literario allí, tenía a mis espaldas una larga lista de nombres conocidos y reconocidos en el país y más allá de sus fronteras. No menciono nombres porque la lista sería muy extensa. Era un desafío grande. Cuando logré unirme a los que como yo soñaban con la gloria, no la gloria vacía del renombre, sino la gloria de ser parte de algo que se conoce y ama, no hice más que ser otra voz en el coro. Eso es para mí un logro mayor. Decir: soy de Puerto Padre, es un orgullo que nunca disminuye. Y el hecho de haber trabajado durante treinta años en su museo municipal, quince de ellos dedicados a la animación y promoción cultural, fue un privilegio y una escuela. Porque allí adquirí y compartí conocimientos, realicé sueños, entablé amistades que perduran en el tiempo. Fue lo mejor que me pudo suceder en el plano laboral y humano. 

Lloré cuando un huracán dejó maltrecho el edificio de la institución, porque lo sentía como mi casa.

Alarmante y compleja es la época que vivimos. ¿Cómo la ve usted y cuál es la posición de la poesía en ella?

La veo tal como la ha descrito: alarmante y compleja. La poesía es ahora más necesaria que nunca, porque es menos buscada que nunca.

¿Por qué escogió el camino de la poesía?

Creo que no escogí el camino de la poesía, sino que ese camino se encontraba en el vientre de mi madre antes de que yo naciera. Bastó comenzar a recorrerlo cuando tuve pies y voluntad para ello. Pero honestamente, no conozco otro camino. No necesito ni quiero otro camino. Ni siquiera si en él me esperara la riqueza material o la inmortalidad. Casi al final de mi recorrido lo digo: Nunca escogería otro camino que no fuera el de la poesía.

Entrevistó: Roberto Manzano

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